Tomar la vivienda por asalto

La crisis de acumulación capitalista y el correspondiente saqueo neoliberal provocó el regreso de la vivienda a la primera línea de la lucha de los trabajadores y trabajadoras. Situación que, más allá de chispazos como las movilizaciones de 2006-2007, no se producía desde la agitación vecinal del final del franquismo o, más atrás, desde las huelgas de inquilinos de la época republicana.

El movimiento se ha centrado en las peores consecuencias del modelo de negocio inmobiliario español: por un lado, el desalojo violento de los hogares hipotecados y la condena de sus residentes a pagar deudas gigantescas, combatidos principalmente mediante el impedimento presencial de los desahucios y la presión hacia la facción de la burguesía, los bancos, propietaria de las hipotecas, para paliar las consecuencias sobre las personas afectadas. Por otro lado, la recuperación ilegal de viviendas vacías con el objetivo de dar cobijo a quienes no tienen acceso a un techo en condiciones.

El movimiento (la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, principalmente) ha conseguido miles de pequeñas victorias, siendo posiblemente la mejor noticia para los partidarios de la lucha colectiva y la acción directa en el último lustro. Asimismo, ha logrado un importantísimo apoyo social a varias reivindicaciones moderadas pero fundamentales para miles de hogares, como la prohibición o, al menos, límites para la ejecución de desahucios hipotecarios o la regulación de la dación en pago y el alquiler social.

Parece probable que algunas de estas medidas se aprobarán, seguramente descafeinadas, en la próxima legislatura, independientemente de quién sustituya la mayoría absoluta de Mariano Rajoy. El gobierno de turno se atribuirá el mérito, pero en todo caso sería un éxito conseguido por la insistencia de miles de personas y su pelea en la calle; igual que lo han sido las normas de algunas autonomías en este sentido, así como los precarios protocolos puestos en marcha por el Gobierno español o las oficinas municipales de escasa efectividad.

No obstante, de cara al futuro los trabajadores y trabajadoras nos enfrentamos a importantes retos, principalmente el cierre en falso del saqueo vivido. No rechazamos las medidas paliativas para los casos más urgentes, pero la organización social debe intentar pasar de organizar exclusivamente a los casos más sangrantes (las familias en la calle o en proceso de estarlo) a convertirse en un auténtico sindicato de inquilinos e hipotecados. Hacer realidad el lema “la vivienda no es una mercancía” equivale a agrupar a la inmensa mayoría de la clase trabajadora, ahogada por la mercantilización de los lugares donde desarrollamos buena parte de nuestra vida. En este sentido, hay que reflexionar sobre los procesos de acción para que puedan alcanzar otro tipo de situaciones sin abandonar las que ahora se abordan, creando una estructura capaz de hacer de interlocutor con los propietarios, ya sean entidades o individuos. Tratar, en definitiva de organizar a la sociedad como sujeto “habitante”, ya sea inquilino o hipotecado, que lucha por su derecho a una vivienda digna, sin pasar por sufrir las peores consecuencias de la falta de garantías. Enfocar, por ejemplo, la defensa de inquilinos frente a sus caseros es un paso fundamental, aunque tenga riesgos dada la necesidad de enfrentarse ya no al gran capital, sino a las clases medias propietarias. Si bien es cierto que los pequeños propietarios poseen un porcentaje ínfimo de vivienda en comparación con los grandes tenedores, que pretenden introducirse en el mercado del alquiler, desde hace años tras el estallido de la burbuja inmobiliaria. En este mismo sentido, se habla muchas veces de tratar que personas hipotecadas aún sin problemas para hacer frente a las mensualidades, pero a las que aún les queda muchos años de deuda, dejen de pagar, y se deshagan de su hipoteca. Frente abierto en muchas PAHs que aún no han conseguido el efecto deseado.

En el plano de las reivindicaciones, recuperar y bajar a la calle demandas como un límite en cuotas hipotecarias y alquileres, vinculado a la capacidad económica de los habitantes, dado que muchas de las medidas que hoy se consiguen, como los alquileres sociales o las reestructuraciones, tienen una corta vigencia temporal. Siendo además estas últimas (las restructuraciones) consideradas por el movimiento como una trampa en forma de caramelo lanzada por la banca, trampa en la que caen decenas de personas afectadas y que solo consiguen alargar la agonía, a pesar de las recomendaciones de las plataformas.

Asimismo, es imprescindible mantener y reforzar el apartidismo del movimiento como garantía de independencia de clase. La presión a los distintos partidos para que se cumplan las exigencias del movimiento (“Las 5 de la PAH”, por ejemplo) debe ser siempre transparente y clara, a la vez que contundente y, valga la redundancia, exigente. Si no, la apariencia de falta de seriedad puede jugar una mala pasada.

Todo esto sin olvidarnos de una necesaria perspectiva multisectorial, entendiendo que las luchas por los diferentes aspectos de nuestra vida (vivienda, trabajo, servicios públicos, etc.) deben formar parte de una pelea conjunta para tener más opciones de victoria. Un ejemplo a seguir es haber incluido en “Las 5 de la PAH” la lucha contra la pobreza energética, en consonancia con otros movimientos.

Otro camino a seguir consistiría en abrir nuevas líneas de trabajo en torno a modelos alternativos a la vivienda en hipoteca o en alquiler, como son las cooperativas de viviendas en derecho de uso en suelo en cesión, unido a una lucha por la movilización de la vivienda vacía (tanto pública como privada) para su alquiler en dicho régimen. Igualmente, sería apropiado luchar por la recuperación de modelos sociales de convivencia más comunitarios, como el de los 70′ que propiciaron las luchas vecinales que derivaron en las asociaciones de vecinos, donde la vivienda era un problema colectivo y no individualizado.

Todo esto podría servir para ofrecer soluciones realistas con nuevos modelos de vivienda y poder plantar cara, así, al sistema, que tratará, si no, de volver a inculcar un modelo basado en la “propiedad” y en la hipoteca, con su correspondiente lavado de cara.

Por último, debemos tener presente que una desmercantilización adecuada de la vivienda no puede garantizarse dentro de una economía capitalista. Concretamente, en nuestra geografía las burbujas inmobiliarias han sido un motor de todos los periodos de crecimiento capitalista, y lo volverán a ser como indica el desembarco a gran escala de fondos extranjeros. Frente a esta dinámica, es necesario resaltar que hoy mismo, sustituyendo al Estado capitalista por una administración democrática con propiedad y toma de decisiones colectivas, es posible garantizar un hogar digno a todos aquellos y aquellas que vivimos en este país (y a aquellos que quieran venir). Son tres millones y medio de viviendas vacías, más todo el stock de viviendas no principales de las capas adineradas: una enorme riqueza social creada por nosotros y nosotras, que debemos recuperar.

Deja un comentario